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01 de agosto 2025
La discusión política de nuestro tiempo: ¿hacia dónde vamos?
Categoria:
Democracia
Juan Carlos Villarreal Martínez
Director general del Inesle
El sistema democrático de corte occidental caracterizado por la evolución del liberalismo se encuentra en una de sus mayores encrucijadas. Si bien es cierto que cada generación impulsa cambios sustantivos en el sistema, nunca como ahora se había puesto a discusión a nivel global la eficacia de la democracia para resolver los tres grandes problemas que alientan las discusiones desde hace un par de décadas.

Esta crisis no solo se manifiesta en la debilidad institucional o el desencanto electoral, sino en una transformación más profunda: la pérdida de legitimidad del modelo liberal como garante del bienestar común y del equilibrio entre representación y acción. Como advierte David Runciman (2018), las democracias contemporáneas no necesariamente mueren con violencia, sino que se deterioran lentamente, desde dentro, cuando dejan de responder a las demandas sociales reales. En ese sentido, autores como Colin Crouch (2004) han identificado esta etapa como una “posdemocracia”, donde las formas democráticas persisten, pero el contenido sustancial, la participación significativa del ciudadano, se ha vaciado.
Esta pérdida de legitimidad encuentra una explicación más profunda en el cuestionamiento del propio principio de representación, cuyas fisuras han sido analizadas por autores como Reybrouck (2016), Bernard Manin (1997) y Pierre Rosanvallon (2006). Para ellos, el debilitamiento de la democracia liberal no solo radica en su incapacidad para responder eficazmente a las demandas sociales, sino en tres procesos estructurales interrelacionados:
- La creciente complejidad de las sociedades contemporáneas, que dificulta articular una voluntad general;
- La crisis de representación política, que ha erosionado la confianza ciudadana en los partidos y en sus representantes,
- El agotamiento del ideal de representación fiel, donde quienes detentan el poder ya no encarnan ni reflejan los intereses de la población.
Esta triple fractura ha alimentado el desencanto democrático y ha abierto el debate sobre nuevas formas de participación política, incluyendo el rescate de modelos inspirados en la democracia ateniense, como el sorteo ciudadano. En esta línea, Reybrouck (2016) propone repensar la representación desde mecanismos aleatorios y deliberativos que devuelvan a la ciudadanía común la posibilidad de incidir en el poder, superando así el profesionalismo cerrado de la política actual, que por décadas fue concebido como el gobierno de los extremos.
Esta encrucijada global no solo cuestiona los mecanismos de gobernanza, sino la misma promesa de la democracia liberal consensual como un proyecto histórico capaz de garantizar justicia, equidad y futuro común en un contexto de desigualdad creciente, crisis de representación, polarización política y desinformación sistémica.
Bajo esta lógica, los tres problemas centrales que he identificado se manifiestan como expresiones interrelacionadas de la crisis de la democracia liberal consensual.
Primero
La naturaleza del ejercicio del poder y su notoria erosión de los principios éticos fundacionales enmarcados en la democracia liberal —conceptos como “bien común”, “interés general” y “proyecto de nación”— propiciaron que estos hayan sido olvidados, generando un abanico de inconformidades, muchas de ellas nacidas del desencanto hacia estructuras institucionales incapaces de ofrecer respuestas frente al sufrimiento social.
Estos principios fundacionales de la democracia liberal de corte occidental han sido sustituidos por reglas del mercado que desde hace más de medio siglo son impulsadas por los gobiernos y han provocado enormes desilusiones, fenómeno que autores como Michael Sandel (2020) han denunciado al señalar cómo el lenguaje del mercado ha desplazado los valores cívicos y éticos que sustentaban la política democrática. Así, la lógica de la eficiencia, el beneficio individual y la competencia han reemplazado los ideales colectivos.
En esta misma línea, Byung-Chul Han (2010) argumenta que la sociedad neoliberal ha transformado al ciudadano en un “sujeto de rendimiento”, atrapado en una lógica de autoexplotación disfrazada de libertad, lo que debilita profundamente el tejido comunitario y político. La pérdida del “nosotros” y el aislamiento del individuo (advierte Han) imposibilitan la construcción de un proyecto común, reemplazando la acción política por el rendimiento individual.
Wendy Brown (2016), en su crítica al neoliberalismo, plantea que la razón política ha sido reemplazada por una lógica empresarial, despolitizando a los ciudadanos y desarticulando cualquier posibilidad de conciencia de clase como motor de transformación.
Esta sustitución de la ética por la rentabilidad ha abierto paso a un tipo de liderazgo que se configura como gestor de emociones colectivas, muchas veces sustentado en el enojo, el resentimiento o la frustración. Así, personajes ajenos al consenso, al diálogo y a la visión de nación que sostenía la democracia liberal consensual han logrado posicionarse como alternativas viables, aun cuando sus discursos estén lejos de la racionalidad política que anhelaba el proyecto democrático original.
Segundo
La erosión del sistema democrático tiene una variable explicativa que descansa en el mal ejercicio de gobierno, especialmente visible en las últimas décadas, acompañado de una rapacidad de las élites políticas gobernantes que, confabuladas al estilo Robert Michels, terminaron convirtiéndose en la famosa ley de hierro: toda organización, incluso la más democrática, tiende a volverse oligárquica.
Estas élites, que se enriquecen al amparo del poder público y se reproducen entre sí, han institucionalizado prácticas patrimoniales, alejándose por completo de los ideales republicanos que dieron origen al sistema democrático moderno. Peter Mair (2015), en su obra Gobernando el vacío. La banalización de la democracia occidental, advierte cómo los partidos políticos han dejado de ser mediadores entre sociedad y Estado, convirtiéndose en estructuras cerradas, autosuficientes y desvinculadas del interés público.
Bajo esta lógica, Fadanelli (2018) menciona que la desconfianza nos obligó a pensar al individuo como un instrumento del mercado y al Estado como un facilitador del desarrollo individual de la meritocracia que antepone los resultados al método; no importa en lo absoluto que, tal y como lo advirtió W. Pareto a inicios del siglo XX, exista “un impulso de arranque” que posibilite el acceso a las principales posiciones del poder desde una condición de privilegio y no desde las bases de igualdad que procesa el sistema democrático, impulsado desde finales de los años setenta en todo el mundo occidental.
A su vez, Thomas Piketty (2019), en Capital e ideología, analiza cómo estas élites políticas y económicas construyen sistemas fiscales y legales que perpetúan la desigualdad, profundizando la desconfianza ciudadana. Este divorcio entre gobernantes y gobernados, entre la promesa democrática liberal consensual y su práctica real, ha generado el terreno fértil para que liderazgos personalistas y rupturistas emergieran con fuerza. Lo preocupante es que, más que restaurar el vínculo social, muchos de estos liderazgos lo manipulan, generando nuevas formas de exclusión y autoritarismo, mientras capitalizan el desprestigio del sistema tradicional para imponer visiones unilaterales, sin contrapesos. El debilitamiento ontológico del sistema democrático pasa por esa serie de “promesas incumplidas” (Bobbio, 1986) que han sentado inconformidad, desconfianza y una creciente erosión del sistema representativo.
Tercero
El desgaste de las instituciones, de los mecanismos de representación política y del ejercicio mismo del poder ha provocado una dinámica de transformación que alimenta tanto a los movimientos nacionalistas como a los populismos —tanto de izquierda como de derecha—, fenómenos a menudo malinterpretados y que hoy configuran buena parte de los “grandes cambios” que atraviesan las sociedades contemporáneas.

Para entender cómo estos fenómenos han llegado a permear el discurso y la práctica política actual, conviene primero aceptar que se trata de un concepto polisémico. De acuerdo con Flavia Freidenberg (2007), el populismo es un estilo de liderazgo, caracterizado por la relación directa, carismática, personalista y paternalista entre líder-seguidor que no reconoce mediaciones organizativas o institucionales, que habla en nombre del pueblo y potencia la oposición de “los otros”.
La metáfora gramsciana del “claroscuro” (esa fase intermedia en la que “lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no termina de nacer: en ese intervalo surgen los fenómenos morbosos más variados”) permite comprender por qué, ante la fractura del consenso cultural y la crisis de hegemonía, emergen liderazgos y proyectos políticos que apelan al resentimiento social y a la identidad nacional como fuente de legitimidad.
Gramsci (2020) enfatiza que esos “monstruos” no son aberraciones marginales, sino productos históricos de un orden en descomposición: mientras las viejas élites pierden capacidad de renovación, las fuerzas subalternas carecen de un proyecto alternativo suficientemente articulado, y así surge el populismo como forma de llenar un vacío de sentido.
Esa irrupción obedecería a múltiples factores concatenados. En primer lugar, la crisis de representación política: los partidos tradicionales, vistos como corruptos o ineficaces, ceden el terreno a quienes prometen una conexión directa con la voluntad popular. A ello se suman la desigualdad y la exclusión social, que el líder populista capitaliza al señalar culpables claros (élites económicas, gobiernos anteriores o “enemigos externos”) y prometer devolver poder y dignidad al pueblo.
Y siguiendo nuevamente la lógica gramsciana, vivimos un periodo de crisis de hegemonía donde, sin un bloque dominante capaz de ofrecer un proyecto compartido, emergen nuevas figuras que reclaman una “democracia verdadera”, pocas veces acompañada de contrapesos institucionales.
El contexto de agotamiento del sistema político intensifica esta dinámica: partidos carentes de cohesión ideológica, atrapados en prácticas clientelares y desconectados de la sociedad han perdido su capacidad de articular respuestas frente a la incertidumbre global. La ciudadanía, por su parte, experimenta fatiga democrática y escepticismo después de cicatrices de promesas incumplidas y numerosos escándalos de corrupción. Esa doble crisis deja un vacío simbólico que el populismo se encarga de llenar, presentándose como la “voz del pueblo” y proponiendo fórmulas simples para problemas complejos.
Cuando la representación institucional falla, florecen liderazgos emergentes basados en el carisma personal, el manejo estratégico de redes sociales y una narrativa de ruptura con “lo establecido”. Estos nuevos actores desplazan o redefinen los viejos partidos al ofrecer una relación plebiscitaria con las masas, en la que el líder se erige como único intérprete de la voluntad popular, desatendiendo los procedimientos y los contrapesos democráticos.
Así, el populismo aparece en el cruce de dos crisis: por un lado, la del sistema político, cuando las instituciones pierden credibilidad y los mecanismos de control colapsan; por otro, la de la representación, cuando la ciudadanía siente que sus demandas no encuentran cauce legítimo. En ese escenario, la desafección política no es mero desinterés, sino un grito silencioso contra un sistema percibido como corrupto e ineficaz, que alimenta la demanda de figuras que “refundan” la política.
En contraste con estos liderazgos personalistas, cabe distinguir el gobierno populista del gobierno popular. El primero se asienta en la figura carismática del líder, polariza con un discurso binario “pueblo vs. élites” y actúa a menudo al margen de contrapesos institucionales. La segunda basa su legitimidad en la participación activa y consciente de la ciudadanía, fortalece las instituciones y promueve la rendición de cuentas.
En México, Andrés Manuel López Obrador ejemplifica el modelo populista: su centralidad personal, sus consultas populares y su hostilidad hacia la crítica institucional ilustran la lógica de legitimidad directa. Claudia Sheinbaum, en cambio, proyecta un estilo más “popular”: técnico, dialogante e institucional, con mecanismos estructurados de participación, pero con una firmeza ideológica, producto de las luchas que desde la oposición al régimen priista protagonizó. Su estructura técnica formada en el gobierno no se aparta de sus principios políticos.
Finalmente, el caso de Javier Milei en Argentina evidencia cómo el populismo de derecha reaparece con carisma disruptivo, discurso polarizador y uso intensivo de redes sociales. Sus promesas radicales (eliminar el Banco Central, dolarizar la economía) y su imaginería mediática (“¡Viva la libertad, carajo!”) confirman que el populismo capitaliza el descrédito institucional para ofrecer transformaciones drásticas, hoy consideradas parte de esos “grandes cambios” globales.
Sin embargo, el contraste entre el relato y los resultados es cada vez más evidente. Entre diciembre de 2023 y mayo de 2025, Argentina acumuló un saldo comercial de más de 25 mil millones de dólares, pero esos ingresos fueron absorbidos casi en su totalidad por el turismo emisivo y el pago de deuda externa. La inversión extranjera directa ha sido negativa, y se observa ya una desconfianza creciente de los mercados. Mientras Milei insiste en responsabilizar al sector público, los datos muestran una economía tensionada, con fuga de capitales, pérdida del poder adquisitivo y un ajuste fiscal que golpea a los sectores más vulnerables.
Este escenario revela la fragilidad de su proyecto: un modelo basado en el espectáculo y el antagonismo que, en lugar de ofrecer soluciones estructurales, profundiza la desigualdad y alimenta nuevas frustraciones. Milei encarna así uno de los “nuevos monstruos” del claroscuro gramsciano: una figura emergente en medio de una crisis de hegemonía, que capitaliza el descrédito institucional, pero cuyas promesas comienzan a colapsar ante los límites de la realidad.
En suma, el deterioro institucional y la crisis de representación no solo alimentan nacionalismos y populismos, sino que desafían la promesa histórica de la democracia liberal consensual. Reconocer sus raíces —desde las advertencias de Gramsci hasta los análisis culturales de Herkman— es el primer paso para trazar respuestas capaces de reconstruir un contrato político auténtico, basado en la participación genuina, la justicia y el respeto mutuo entre gobernantes y gobernados.
Este cruce de ríos que los debates actuales entre la democracia liberal suponen que se hará, para algunos vive una etapa terminal, dados los efectos del modelo neoliberal que produjo los resultados contrarios a los que proponían los postulados de igualdad, libertad y desarrollo y que nos llevan a concluir que el capitalismo, el verdadero motor detrás de estas ideas, ha quedado desnudado como proyecto que hoy atenta contra la supervivencia del mundo, tal como lo demuestra Piketty. Frente a ello, el resurgimiento de las tradiciones del humanismo pareciera ser el salvavidas que los sistemas políticos necesitan para darle viabilidad al proyecto civilizatorio que significó el sistema democrático.
Referencias
Bobbio, N. (1986). El futuro de la democracia. México: Fondo de Cultura Económica.
Brown, W. (2016). El pueblo sin atributos: la secreta re- volución del neoliberalismo. Barcelona: Malpaso.
Crouch, C. (2004). Posdemocracia. Cambridge: Polity Press.
Fadanelli, G., Olivera, L. & Da Jandra, L. (2018). Desconfianza: el naufragio de la democracia en México. México: Malpaso.
Freidenberg, F. (2007). La tentación populista: una vía al poder en América Latina. Madrid: Ediciones Síntesis.
Gramsci, A. (2000). Cuadernos de la cárcel. México: Siglo XXI Editores.
Han, B.-C. (2010). La sociedad del cansancio. Barcelona: Herder Editorial.
Mair, P. (2015). Gobernando el vacío: la banalización de la democracia occidental. Madrid: Alianza Editorial.
Manin, B. (1997). The Principles of Representative Government. Cambridge: Cambridge University Press.
Piketty, T. (2020). Capital e ideología. México: Grano de Sal.
Reybrouck, D. (2016). Contra las elecciones: argumentos a favor de la democracia. Londres: The Bodley Head.
Rosanvallon, P. (2006). La contrademocracia: la política en la era de la desconfianza. París: Editions du Seuil.
Runciman, D. (2019). Así termina la democracia. Barcelona: Ediciones Paidós Ibérica.
Sandel, M. (2020). La tiranía del mérito. ¿Qué ha sidodel bien común? Barcelona: Debate.
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