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01 de agosto 2025
Reseña: Poder y progreso. Nuestra lucha milenaria por la tecnología y la prosperidad
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Reseñas
Karen Yaret Sánchez Velázquez
Reseña: Poder y progreso. Nuestra lucha milenaria por la tecnología y la prosperidad, Daron Acemoglu & Simon Johnson. Ed. Crítica, 2023, Barcelona, España.
El origen de nuestros problemas actuales está en el enorme poder político, económico y social que tienen las empresas, sobre todo las del sector tecnológico. El poder concentrado de las empresas socava la prosperidad compartida porque limita el reparto de los beneficios que genera el cambio tecnológico, pero su impacto más perjudicial tiene que ver con la dirección de la tecnología, excesivamente orientada a la automatización, la vigilancia, la recopilación de datos y la publicidad.
Acemoglu & Johnson.
Poder y progreso. Nuestra lucha milenaria por la tecnología y la prosperidad da pie a un análisis donde los autores argumentan que la tecnología refleja las relaciones de poder en la sociedad: “La tecnología siempre está moldeada por las estructuras de poder existentes”.

Siguiendo esa premisa, Acemoglu & Johnson hacen un recorrido intelectual que va desde la Revolución Industrial hasta la era de la inteligencia artificial, invitando a cuestionar la idea de que el progreso tecnológico automáticamente conduce a una vida mejor para todos, como se relata a lo largo de la historia. La tecnología ha sido utilizada tanto para liberar como para oprimir, para generar riqueza y perpetuar la desigualdad.
En la tecnología no existen vacíos, siempre está moldeada por las estructuras de poder existentes. El mismo poder político y económico decide el rumbo y busca cómo se va a implementar y a quién beneficiará. Es como si la tecnología fuera un espejo que refleja las dinámicas de poder de una época concreta, y a veces ese reflejo puede ser bastante perturbador.
Acemoglu muestra cómo la tecnología ha sido utilizada para reforzar la dominación de unos pocos sobre la mayoría, por ejemplo, en la Revolución Industrial, un acontecimiento histórico relevante en cuanto al desarrollo industrial/textil, un salto significativo para la sociedad, pero con un alto costo humano derivado de las despiadadas condiciones laborales que prevalecían en las fábricas y las minas de carbón. No se trató exactamente de una utopía tecnológica, sino del precio que tenía que pagarse por la llegada de la infraestructura.
La disrupción tecnológica puede ser tan peligrosa como en la Revolución Industrial; sin embargo, en pleno siglo XXI se están desarrollando tecnologías a un ritmo brutal, sin una previa reflexión profunda sobre posibles consecuencias sociales, políticas, económicas y éticas. Es como si se estuviera construyendo un tren bala sin saber hacia dónde va exactamente y se advierte que, si no se tiene cuidado, este podría llevarnos a un futuro distópico. Este escenario implica que la tecnología, en lugar de liberar al ser humano, lo esclaviza y condena a una realidad desigual.
En ese tenor, no se trata de rechazar o satanizar la tecnología, sino de utilizarla de forma responsable y ética, comprometer al ser humano a informarse, cuestionar el statu quo tecnológico y exigir que la tecnología se utilice para el bien común.
Acemoglu invita a la reflexión colectiva y a participar en el debate político para exigir a los líderes que tomen medidas para regular el poder de las grandes empresas tecnológicas y apoyar a las organizaciones que trabajan para promover un uso más ético y responsable.
El avance tecnológico solo será realmente significativo si se traduce en progreso. El ser humano, como ser creador, tiene la capacidad de construir una sociedad más justa, más equitativa y próspera para todos.
Y, precisamente, hablando de cómo la tecnología puede contribuir o no a ello, en el texto se analiza el impacto del desarrollo tecnológico en la desigualdad, pues nos encontramos ante una paradoja: si la tecnología tiene el potencial de reducir la brecha entre ricos y pobres, en las últimas décadas ha ocurrido lo contrario; es decir, la tecnología, en lugar de nivelar el campo de juego, marca aún más las diferencias.
Esto se debe a que la tecnología no se distribuye de forma equitativa, puesto que los beneficios de la innovación tecnológica tienden a concentrarse en manos de quienes poseen más recursos, mientras que quienes están en la base de la pirámide social a menudo se quedan atrás, como ocurre con la automatización de los trabajos, que está remplazando a personas de ingresos medios y bajos, mientras que los nuevos puestos requieren de habilidades especializadas y que solo están al alcance de unos cuantos.
Dado que la nueva realidad laboral no solo afecta a quienes pierden sus empleos, sino que también tiene un impacto en la cohesión social y la estabilidad política, la tecnología puede convertirse en una fuerza disruptiva que genera más desigualdad, más polarización y más conflicto social.
“Las tecnologías digitales tienen una utilidad general y, por lo tanto, pueden desarrollarse de muchas maneras diferentes. En el momento de decidir su futura dirección, deberíamos fijarnos en su validez para alcanzar los objetivos que nos hemos marcado como seres humanos”, advierten los autores.
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