Agregar
Comentarios
Aún no hay comentarios.
11 de diciembre 2025
Raíces y pensamiento: el Humanismo Mexicano como fundamento teórico para el futuro de México
Categoria:
Humanismo Mexicano
Felipe Arturo Ávila Espinosa
Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México
Es para mí un honor y un gran orgullo que me hayan invitado a impartir la conferencia inaugural en este gran esfuerzo colectivo interinstitucional entre el Gobierno del Estado de México, el Congreso mexiquense, instituciones académicas como el Colegio Mexiquense, A. C. y, sobre todo, porque cuenta con la participación de todas, todos y todes ustedes. Me parece que es un primer paso necesario, fundamental, porque estamos en el curso de una gran transformación.
A veces no nos damos cuenta de lo que está cambiando en nuestro entorno. Frecuentemente pensamos que lo que vivimos, hacemos y soñamos es algo que existía desde hace mucho tiempo, casi de manera natural. Sin embargo, el mundo que hoy tenemos, este México de libertades, derechos, democracia y conquistas sociales, es un México producto de la lucha de los movimientos sociales, de la lucha de las mujeres, de los pueblos originarios, de las comunidades afrodescendientes, de los movimientos feministas, de las luchas campesinas, de las huelgas obreras, del movimiento magisterial, del movimiento estudiantil y de las luchas de la comunidad LGBTIQ+. Gracias a ello hoy podemos estar en un foro como este.
El México que hoy tenemos es muy distinto al México que había hace 50, 70, 100, 200, 500 o 700 años. Simplemente, las mujeres hace poco más de 70 años no podían votar y no podían ser votadas. A nuestras abuelas, si tenemos la fortuna de que todavía vivan, les podemos preguntar si cuando eran niñas las mujeres tenían el derecho al voto. Van a decirnos que no, porque el derecho al voto fue una conquista de la lucha de las mujeres alcanzada en 1953, después de décadas de esfuerzos y movilizaciones para que finalmente la sociedad mexicana tuviera que reconocerles el derecho a votar y ser votadas.
Desde entonces la lucha de las mujeres no se ha detenido. Han logrado tener acceso a la educación, al trabajo, al servicio público, a la docencia y al reconocimiento social y político. Han logrado ser cada vez más quienes toman las decisiones. Hoy, por ejemplo, tenemos paridad en los cargos de representación popular: las mujeres tienen el derecho a representar al menos la mitad. Han llegado a ser presidentas municipales, diputadas locales, diputadas federales, senadoras, gobernadoras, miembros de los distintos gabinetes o secretarias y jefas de Estado. Hoy por primera vez tenemos a una mujer en la Presidencia de la República; esto es un cambio impensable para nuestras abuelas, nuestras bisabuelas y nuestras tatarabuelas. Para una niña que nazca en dos o tres años y sepa que su presidenta es una mujer, quizá pueda llegar a imaginarse que es algo natural; sin embargo, si vemos la historia de nuestro país, no es algo natural, sino el producto de una lucha milenaria, centenaria, de generaciones de mujeres que, gracias a su esfuerzo, compromiso y organización han logrado esta conquista irrenunciable.
Por esta razón, me parece que la revolución de las mujeres es una de las mayores transformaciones no solamente de nuestra historia, sino de la historia de la humanidad. Y es algo de lo que tenemos que ser muy conscientes, ya que esto es un proceso, es decir, lo tenemos que consolidar y lo tenemos que profundizar. Me parece que es indispensable, necesario y urgente repasar nuestra historia, porque estamos haciendo historia. Este mundo que hoy tenemos lo estamos construyendo todos los días. Tenemos que ser conscientes de ello y fortalecerlo.
Si bajamos los brazos, pensamos que ya todo está bien y no seguimos organizados luchando y movilizándonos, muchas de estas conquistas se pueden echar para atrás. Esto es lo que está pasando en muchos lugares del mundo, por ejemplo, Estados Unidos, Europa, Sudamérica y otras regiones. Distintas conquistas que se habían logrado con la lucha de la sociedad, de los grupos organizados y de las minorías se están revirtiendo. Donald Trump, el representante de un movimiento racista, supremacista, misógino y en contra de los derechos sexuales de las minorías, está regresando a Estados Unidos 100 años atrás. Asimismo, los movimientos supremacistas de extrema derecha que están avanzando en Europa y en América Latina, y que quieren también seguir avanzando aquí en México, quieren acabar con esas conquistas. Si nos descuidamos, como ha sucedido en países como Argentina, esos derechos y esas conquistas se pueden echar para atrás.
Tenemos que ser conscientes de que nos encontramos en un proceso que estamos construyendo entre todas, todos y todes. No podemos bajar la guardia, no podemos cruzarnos de brazos, no podemos esperar que nuestras y nuestros gobernantes nos resuelvan nuestros problemas. Tenemos que acompañarlos. Es un esfuerzo colectivo. Por ello me parece que es tan importante que discutamos cuáles son las raíces históricas de esto que llamamos Humanismo Mexicano, porque creo que es precisamente lo que nos identifica, une y fortalece.
Cuando el expresidente Andrés Manuel López Obrador lanzó la propuesta de que las raíces históricas de la Cuarta Transformación estaban en el Humanismo Mexicano, mucha gente lo criticó; decía: "Es un contrasentido. El Humanismo es universal, el Humanismo no tiene fronteras nacionales. El Humanismo es una doctrina filosófica, teórica, ética, política, que no tiene distinción de nacionalidades”. Sin embargo, la insistencia, la argumentación y la fundamentación con la que el expresidente López Obrador comenzó a darle contenido al Humanismo Mexicano nos fue dejando muy claro a lo que se refería, y creo que ahora sí tenemos que decir que tenía razón, porque sí hay un Humanismo Mexicano, sí hay algo que nos distingue de los otros pueblos.
Sí hay algo que nos hace diferentes, y es nuestra historia, una historia riquísima, milenaria, construida por generaciones y generaciones, que viene desde los pueblos originarios de estos territorios, enriquecida por la aportación de las comunidades afrodescendientes y que ha sido continuada con esta nación pluriétnica, pluricultural y plurirreligiosa que es la nación mexicana y que tiene una de las historias más extraordinarias en el mundo, porque pocos pueblos, pocas naciones, pocas sociedades en el mundo tienen tres grandes revoluciones como las que han forjado a nuestra patria: la Independencia, la Reforma y la Revolución son ejemplos casi únicos en el mundo. Muy pocos pueblos pueden decir que tienen una historia en donde la nación se ha ido forjando a través de luchas heróicas, de gestas grandiosas que nos han dado libertad, justicia, igualdad y democracia.
Y creo que, como lo sostenía el expresidente López Obrador y como lo sostiene ahora nuestra presidenta Claudia Sheinbaum Pardo, el Humanismo Mexicano tiene dos grandes raíces. La primera de ellas es la historia de nuestros pueblos originarios. Las raíces más profundas, más antiguas, más sólidas de esto que llamamos Humanismo Mexicano vienen de las comunidades originarias asentadas en estos territorios. ¿Y qué era lo que definía a estos pueblos originarios que lograron resistir, que lograron sobrevivir, que lograron mantener su identidad y que les sirve, 500 años después de la conquista y colonización española, para que sean comunidades fuertes, vigorosas, creativas, con una enorme riqueza cultural, con una enorme fortaleza comunitaria y que son hoy parte medular de esto que es la nación mexicana?
En primer lugar, lo que distinguía y sigue distinguiendo a nuestras comunidades originarias es el sentido colectivo y la identidad comunitaria. En los pueblos originarios no había este sentimiento egoísta de ver a las personas como individuos aislados, como individuos egoístas, como personas que solo tienen que ver por su interés personal y desligadas de la comunidad. En las sociedades antiguas, en las sociedades prehispánicas, no había propiedad privada, no había parcelas, no había casas, no había bosques, no había recursos acuíferos que fueran títulos privados. Todos estos bienes naturales eran bienes colectivos, los trabajaban de manera colectiva y la propiedad era de todas y de todos. Nadie decía: "Este pedazo es mío, este bosque es mío, este ojo de agua es mío, esta cosecha es mía". Todo eso era colectivo, la propiedad era de todas y de todos y se organizaban de manera colectiva para trabajar la tierra, cosecharla y utilizarla. Lo que salía del campo, de la naturaleza, se repartía para satisfacer las necesidades de la colectividad. De ahí salía para sostener a su gobierno, para sostener sus ceremonias religiosas, para construir sus ciudades, para defenderse, para avanzar y para crecer.
Y con la llegada de los españoles, cuando derrotaron a los pueblos originarios, cuando los asesinaron, cuando casi los exterminaron, se impuso un sistema completamente distinto: con propiedad privada, leyes temerarias, persecución religiosa, proscripción de las creencias, esclavitud, vasallaje, despojo de sus tierras y de sus recursos naturales. Y se impuso una nueva religión, la católica, y una nueva lengua, el español. Se impuso que los “indios”, hombres y mujeres, tenían que pertenecer a un encomendero y tenían que trabajar para él, y los que no estuvieron dispuestos a hacerlo fueron esclavizados.
La colonización española fue una de las mayores tragedias históricas de la humanidad. Se estima que cuando llegaron los españoles a estos territorios había alrededor de 25 millones de personas. Un siglo después, cuando se hizo el primer censo, de esos 25 millones solo quedaban vivas un millón; 24 millones habían muerto por la brutalidad de la conquista, por las enfermedades traídas por los europeos, cuyos virus y bacterias no eran conocidos por los organismos de los territorios americanos y tuvieron un efecto devastador. También porque la brutalidad de la conquista acabó con la moral, la ética y con los vínculos de solidaridad de muchos de los pueblos que veían que estaban muriendo, que creían que era una especie de castigo divino.
Incluso, muchos de los habitantes de los pueblos originarios, al ver en lo que se iban a convertir si aceptaban su derrota y aceptaban la dominación de los españoles (esclavitud y servidumbre), al ver que se les cerraran sus templos, al ver la violencia sobre su gente y en sus cuerpos, que se violara a las mujeres, que se destruyeran sus casas, sus ciudades, sus templos y que asesinaran a sus gobernantes y a sus sacerdotes, prefirieron suicidarse. Hubo muchos casos de suicidio colectivo. Sin embargo, ese millón de indígenas que sobrevivió a las enfermedades, a la brutalidad de la conquista, a la derrota y al yugo colonial tuvo la capacidad de mantener su identidad colectiva, sus costumbres y sus creencias.
Y tan fueron exitosos en esa resistencia que aquí los tenemos hoy, en el siglo XXI. En este México, las comunidades originarias a las que se les llamó erróneamente “indígenas” (porque cuando Colón llegó a América pensó que había llegado a la India y por eso se les denominó “indios” y por eso se les sigue llamando así), estas comunidades originarias, hoy son 12 millones de mexicanas y mexicanos con una riqueza cultural, con una fortaleza, con una identidad, porque ellos, en buena medida, siguen viviendo, creyendo y conviviendo como sus antepasados lo hacían hace más de 500 años.
Esto lo vemos en los pueblos de Oaxaca, Puebla, Chiapas y de todos los estados de la república en donde los pueblos originarios siguen siendo vigorosos y muy numerosos. Y esta es la primera raíz del Humanismo Mexicano: esos pueblos originarios que siguen hoy vivos y fuertes, que siguen creando, que siguen ofreciendo un ejemplo extraordinario, porque siguen siendo comunidades que se ven como entes colectivos, no como individuos aislados y enfrentados entre sí.
La segunda raíz del Humanismo Mexicano es la de las comunidades afrodescendientes. También llegaron decenas de miles de mujeres y de hombres arrancados por la fuerza del continente africano, quienes fueron traídos y obligados a trabajar para los nuevos amos españoles, portugueses o europeos, en fin, en el territorio americano. Ellos vinieron esclavizados y fueron sometidos a los trabajos más brutales, en donde los indígenas no podían resistir la fuerza de trabajo que eran obligados a entregar a los nuevos amos. Los africanos, las africanas, lo podían hacer, eran los que tenían mayor fortaleza física, los que podían aguantar las temperaturas extremas de las zonas tropicales, y eran a quienes se les obligaba a trabajar en las minas y en el servicio doméstico.
También ellos lograron mantener su identidad, no tanto como las comunidades indígenas. Por ejemplo, las comunidades afrodescendientes perdieron su lengua. Hoy en México, después de más de 500 años de que fueron conquistados estos pueblos y comunidades, siguen vivas 68 lenguas originarias, pero no sobrevivió ninguna lengua africana, desaparecieron en el curso de estos más de 500 años y desapareció también su religión. Se conservan algunas creencias, sobre todo porque las religiones de las comunidades originarias y de las comunidades afrodescendientes se fusionaron en un sincretismo religioso con el catolicismo, y el catolicismo popular que hoy tenemos es una mezcla abigarrada de lo que trajeron los europeos, pero que se fusionó con creencias antiguas que perduraron y que se amalgamaron con el ritual católico, incorporando nuevos símbolos y significados a partir de las creencias de las comunidades originarias.
Esto lo vemos, por ejemplo, en el máximo símbolo religioso y de mayor identidad de la nación mexicana, que es el culto a la virgen de Guadalupe. La virgen de Guadalupe es una virgen morena, no es blanca, española ni criolla: es una virgen indígena. Y el templo del Tepeyac, en donde se asentó la basílica de Guadalupe a la que cada 12 de diciembre llegan millones y millones, sobre todo de indígenas desde muchos lugares alejados, era un sitio en donde se adoraba a la diosa Tonantzin, a nuestra Madre Tierra. Así como el culto a la guadalupana es una simbiosis, un sincretismo entre la religión católica traída por los europeos con la permanencia de religiones originarias, así también en las comunidades afrodescendientes se ha dado este proceso de asimilación, fusión y sincretismo entre sus antiguas creencias traídas desde África con estos nuevos elementos incorporados por su convivencia con las poblaciones españolas y con las poblaciones indígenas.
Un tercer componente del Humanismo Mexicano está en la valiente y heroica defensa que hizo un puñado de frailes, de religiosos españoles que se identificaron con el sufrimiento de las poblaciones indígenas y africanas. Tenemos ejemplos extraordinarios de esta generación de frailes que hicieron todo lo que estuvo en sus manos para proteger a los indígenas que estaban muriendo. Resaltan casos como el de Motolinia, el de Sahagún y el de, quizá el más importante de todos, Bartolomé de las Casas, quien fue el que más denunció la brutalidad de la conquista española, se opuso a la encomienda, al servicio personal y a la esclavitud y trató de defender las costumbres de los pueblos originarios. Toda esta generación de frailes abogó por los indígenas ante el monarca español para que los españoles no siguieran exterminando a las poblaciones originarias y para que la corona española los protegiera.
Y, sobre todo, gracias al esfuerzo de Bartolomé de las Casas, en 1542 el monarca español estableció las Leyes Nuevas de Indias, que son leyes protectoras que impusieron que los españoles no convivieran con los indígenas, sino que estuvieran separados y que hubiera una república de indios y gobernantes indios en donde se mantuvieran las costumbres, las tradiciones, la organización de la vida colectiva de los indígenas en repúblicas de indios y que hubiera, asimismo, repúblicas de españoles. Y esto ocurría en la Ciudad de México con los cuatro barrios indígenas que se crearon. Ocurrió también, por ejemplo, en Tlaxcala, que siguió siendo una república de indios. En cambio, en la vecina ciudad de Puebla se establecieron los españoles. Entonces, en muchas de las ciudades que todavía hoy tenemos en pie había una república de indios y una república de españoles. Y esto no hubiera sido posible sin este esfuerzo extraordinario por parte de los religiosos de distintas órdenes mendicantes que llegaron desde 1524 a estos territorios y que hicieron una gran labor para defender, entender y preservar la cultura de los pueblos originarios.
Luego hay otra raíz en la sociedad colonial que se creó y que perduró aquí durante 300 años, en donde hubo un grupo de humanistas (grandes personajes, la mayoría hombres) del cual destacó una mujer extraordinaria, mexiquense además, de quien todas y todos estamos orgullosos y que es nuestra máxima literata: Sor Juana Inés de la Cruz. Junto con Sor Juana hubo personajes como Francisco Javier Clavijero quien, como Carlos de Sigüenza y Góngora, además de hacer una gran obra humanista, literaria y científica, también hizo una labor para rescatar el pasado indígena que seguía vivo y ambos lo empezaron a integrar a la historia nacional, ya que durante los tres siglos de dominación los españoles consideraron que ellos habían traído la civilización ya que, argumentaron, en América había pueblos salvajes y bárbaros, y que ellos habían traído la ciencia, la ilustración y la técnica. Ellos creían que nos estaban civilizando y habían borrado la historia anterior. No obstante, esta generación de humanistas de fines del siglo XVII y del siglo XVIII comenzó a ver con orgullo el pasado indígena y a incorporarlo como parte de la nueva nación que se estaba construyendo.
Gracias a este rescate que hicieron los criollos, que fueron quienes primero construyeron los nuevos cimientos de lo que sería el nacionalismo mexicano, pudo surgir la Independencia de México, nuestra primera gran transformación. Lo que hizo la Independencia fue no solamente liberarnos del yugo español y crear una nación nueva, libre, independiente y soberana, sino que también fue un proceso en el que miles de indígenas, afrodescendientes, mestizos y también un sector de criollos se levantaron en armas siguiendo el llamado de Miguel Hidalgo y Costilla, acabando con tres siglos de dominación. Los principales ideales de la Independencia de México son otra de las raíces más profundas y ricas del Humanismo Mexicano.
¿Qué nos dio la Independencia? Desde luego, nos dio libertad y soberanía, pero también acabó con la esclavitud, abolió la servidumbre y la sociedad dividida en castas, sobre todo, a través de los documentos, de las proclamas y de los manifiestos de Miguel Hidalgo y de José María Morelos y Pavón en los Sentimientos de la Nación. Lo que se estableció en esos documentos fue la creación de una sociedad más justa, equitativa, libre, y también, y esto es muy importante recordarlo, un gobierno al servicio del pueblo.
En los Sentimientos de la Nación, uno de los mayores documentos que se hayan creado en nuestra historia, ejemplar que deberíamos tenerlo enmarcado en nuestras oficinas y en nuestras casas, está plasmada la esencia del Humanismo Mexicano: que se modere la indigencia y la opulencia, que no haya desigualdad social, que la educación sea igual para el hijo del campesino que para el hijo del rico, que el gobierno esté al servicio de los pobres. Esto es lo que debería de regir a cualquier gobierno de cualquier lugar del mundo, y Morelos lo redactó de manera magistral.
Estos principios de Hidalgo y de Morelos fueron secundados por personajes extraordinarios como Leona Vicario, Gertrudis Bocanegra, Josefa Ortiz, Mariano Matamoros y Vicente Guerrero, además.
Porque tanto Hidalgo como Ignacio Allende, Juan Aldama y Mariano Jiménez eran criollos y miembros del grupo dirigente de la Nueva España. Morelos tenía sangre africana en sus venas y, sobre todo, Vicente Guerrero era afrodescendiente y su tez oscura fue motivo de burla y escarnio, incluso por algunos de sus compañeros insurgentes. Y una cosa monstruosa: cuando México ya fue una nación libre, independiente y soberana y se comenzó a construir la nueva identidad nacional, desde luego Guerrero era considerado uno de nuestros padres fundadores, pero en las imágenes, retratos y litografías a él, y a Morelos, se les fueron borrando sus rasgos africanos, se les fue blanqueando y su pelo rizo se les fue alaciando. Se trató de ocultar que Guerrero era afrodescendiente y que además fue el primer presidente de sangre africana que tuvimos y el primero que abolió la esclavitud, porque sabía que sus hermanos de raza seguían siendo esclavizados, por eso expulsó a los españoles en 1829 y por eso decretó la abolición de la esclavitud. Esa es nuestra primera gran transformación y otra de las raíces más profundas del Humanismo Mexicano, con personajes ejemplares, hombres y mujeres como estos que les he mencionado.
Otra fundamental raíz del Humanismo Mexicano es, desde luego, la Reforma, nuestra segunda gran transformación. ¿Y qué produjo la Reforma? La separación entre la Iglesia y el Estado, la construcción del Estado laico, porque México, a mediados del siglo XIX, seguía siendo un Estado confesional, un Estado en donde seguía existiendo el patronato y en donde la mayor riqueza agraria, minera y financiera estaba en manos de la Iglesia. Esta riqueza de la Iglesia no era productiva, eran tierras que recibían los curas en herencia y que iban acumulando; se habían convertido en agiotistas, tenían incluso tribunales especiales.
La Reforma también terminó con los privilegios del ejército que había sobrevivido después de las luchas de la Independencia y que habían tenido en el dictador Antonio López de Santa Ana a su principal representante; también tenían fueros, privilegios y riqueza. La Reforma acabó con tales privilegios, con dichos tribunales especiales y con la riqueza no solamente material sino espiritual de la Iglesia, estableciendo un Estado laico y leyes iguales para todos (no para todas porque las mujeres todavía no contaban, pero así era en el mundo, no solamente en México en ese tiempo).
También se estableció la libertad de enseñanza. Nuestra primera Constitución, la de 1824, en sus dos primeros artículos estableció que México era un país católico y que no permitía ninguna otra religión. Había un monopolio religioso del catolicismo. Con la Reforma esto se abolió y se estableció la libertad de credo; ya podía haber, sin que se le persiguiera por la ley, gente protestante, judía, musulmana, pero también gente que tuviera alguna otra creencia o que no tuviera ninguna. Este también es un gran logro de nuestra segunda gran transformación, que tuvo personajes extraordinarios: desde luego, Benito Juárez, Melchor Ocampo, Guillermo Prieto, Vicente Riva Palacio, Ignacio Ramírez y una mujer extraordinaria, Margarita Maza. Quizá, de no haber tenido esta compañera que estuvo con él siempre y que lo sacó adelante, Benito Juárez no hubiera podido hacer las cosas extraordinarias que hizo, porque siempre tuvo el apoyo, el respaldo, el aliento y el consejo de una compañera extraordinaria como lo fue, sin lugar a duda, Margarita Maza.
México avanzó muchísimo, porque nuestra Reforma fue una de las primeras en el mundo en lograr estas conquistas: acabar con el poder de la Iglesia, acabar con el poder del ejército. En muchos países de América Latina este proceso que nosotros vivimos entre 1854 y 1867 lo vivieron 50, 60, 70 años después. En muchos países latinoamericanos, incluso en la propia España, la reforma la tuvieron muchas décadas después de lo que hizo México a mediados del siglo XIX.
Y otra de las grandes raíces del Humanismo Mexicano de hoy es, sin lugar a duda, la Revolución Mexicana, la cual acabó con una dictadura tiránica, opresiva, represiva, genocida, exterminadora de pueblos indígenas y masacradora de luchas obreras, como lo era la dictadura de Porfirio Díaz. Quizá la mayor aportación de la Revolución Mexicana haya sido que fue la primera gran revolución social en el mundo, en el siglo XX, que estableció los derechos sociales como garantías constitucionales y como derechos colectivos. Ningún país en el mundo estableció el derecho a la tierra como un derecho colectivo, el derecho al trabajo como un derecho colectivo, el derecho a la educación como un derecho universal y colectivo, y el derecho a una vida digna. Esto es incluso anterior a la gran revolución bolchevique, y también tuvo lugar mucho antes que la revolución china, la vietnamita, la cubana, la nicaragüense y también mucho antes que la boliviana. La Revolución Mexicana fue la primera revolución victoriosa en el siglo XX y fue iluminadora, fue ejemplo y referente para todas las demás revoluciones del siglo XX.
Y también, como la Independencia y la Reforma, tuvo grandes personajes, hombres y mujeres que vienen desde los años finales del porfiriato con todos los luchadores sociales que, desde los periódicos, las revistas, la caricatura y la sátira política, fueron destruyendo la imagen del gobierno de Porfirio Díaz y fueron mostrando la realidad, una realidad en donde la mayoría de la sociedad mexicana vivía en la pobreza, la marginación y la ignorancia, además con un gobierno represor y autoritario que había suprimido todas las libertades y que no permitía la democracia. Hay una gran generación de editores, caricaturistas y periodistas independientes que hicieron una labor heróica y sostuvieron su crítica implacable a la dictadura porfirista. Muchos de ellos pagaron con su vida esa valentía.
Entre ellos, desde luego, destacan los liberales mexicanos que conocemos casi todos y todas como “los magonistas”, pero no eran solo los hermanos Flores Magón, sino toda una generación de hombres y mujeres que los acompañaba. ¿Qué decir del gran personaje que inicia la Revolución Mexicana, Francisco I. Madero? Es quizá nuestro más grande demócrata. Si algo le debe la democracia mexicana a Madero es que fue el primer demócrata consecuente, el primero en construir un partido democrático, el Partido Nacional Antirreeleccionista; hizo la primera campaña política del México moderno y fue el primero en denunciar un gran fraude electoral y en pedir la anulación de las elecciones, en 1910, y cuando le cerraron la puerta, no le quedó otra opción más que llamar a la rebelión y en seis meses acabó con la dictadura porfirista.
Madero fue también el primero en estar absolutamente convencido de que en 1910 el pueblo de México quería democracia y libertad, y de que estaba preparado para ello y dispuesto a luchar. Este diagnóstico fue certero porque, en efecto, lo que él dijo desde 1908 y ratificó en 1910 se hizo realidad en 1911. Cuando triunfó la Revolución, Madero estableció el primer gobierno democrático de la historia moderna de México. El gobierno de Madero fue ejemplar, dio la más absoluta libertad a todo el mundo para que se expresara, incluso a sus adversarios; nunca persiguió a sus opositores; nunca quiso imponer nada al Congreso ni al Poder Judicial; respetó a los gobiernos, a las Legislaturas de los estados y a los presidentes municipales. Sin embargo, fue un gobierno efímero, no lo dejaron gobernar; tuvo que enfrentar cinco rebeliones armadas y apenas tuvo tiempo de comenzar la gran obra de transformación, antes de que fuera traicionado y asesinado.
No obstante, la semilla democrática de Madero germinó y se mantuvo viva durante las siguientes décadas. Pasó casi un siglo para que la democracia por la que Madero entregó su vida se fuera haciendo realidad. La democracia mexicana es muy joven, no está consolidada; tenemos que cuidarla y conservarla, tenemos que profundizarla, pero no hubiera sido posible sin el ejemplo y el sacrificio de Madero.
La otra gran vertiente de la Revolución es su contenido social, el contenido que le imprimieron personas como Emiliano Zapata, Francisco Villa, Felipe Ángeles, Salvador Alvarado y Felipe Carrillo Puerto. Y también con la contribución de mujeres revolucionarias extraordinarias como Juana Belén, Sara Pérez, Elvia Carrillo Puerto, Hermila Galindo, Carmen Serdán, María Arias, en fin, una pléyade de mujeres extraordinarias que hicieron una contribución fundamental a la Revolución Mexicana y que fueron pioneras en la defensa de los derechos de las mexicanas que siguieron luchando y avanzando en las décadas posteriores.
La Revolución Mexicana es entonces también otra gran transformación y otra enorme veta para el Humanismo Mexicano de hoy. Esta herencia histórica continuó en las décadas siguientes. Tuvo un momento esplendoroso, la cúspide de la Revolución Mexicana es, sin lugar a dudas, el gobierno de Lázaro Cárdenas, el mejor presidente mexicano del siglo XX, quien supo ser un presidente al servicio del pueblo, de los más pobres y de los marginados; hizo la más profunda reforma agraria de nuestra historia; impulsó las luchas de los trabajadores y apoyó su organización; recuperó para la nación mexicana nuestros recursos naturales y afirmó la soberanía de México, dejándonos un gran legado.
Y este gran legado fue continuado en las décadas siguientes por todas las mujeres y todos los hombres que siguieron luchando por sus derechos y que hicieron conquistas fundamentales: la lucha de los ferrocarrileros de los años 50, de los jaramillistas; la lucha de los médicos, de las enfermeras, de las maestras y maestros, de las y los estudiantes, de los movimientos sociales de los años 70 y de los 80; la insurgencia cívica que fue el neocardenismo del 88, la emergencia del Ejército Zapatista de Liberación Nacional en el 94, la lucha por la presentación de los desaparecidos en la Guerra Sucia, por los derechos humanos, por los derechos de las minorías.
Son grandes luchas que también alimentan y le dan vida al Humanismo Mexicano de hoy. Y son estas luchas, estos avances y estas conquistas lo que finalmente nos tiene aquí. Y fue lo que llevó al poder a Morena en el 2018 y a continuar hoy fortaleciendo un proyecto inspirado en el Humanismo Mexicano que nos heredaron los pueblos originarios; las y los pensadores novohispanos; las heroínas y los héroes de la Independencia, la Reforma y la Revolución, y quienes ha protagonizado los movimientos sociales de nuestros días.
Felipe Arturo Ávila Espinosa es Doctor en Historia por el Colegio de México y licenciado en Sociología por la Universidad Nacional Autónoma de México; miembro del Sistema Nacional de Investigadoras e Investigadores Nivel I de la Secretaría de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación; director general del Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México. Correo electrónico: felipe.avila@cultura.gob.mx
Galería