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Ícono Derechos Humanos

11 de diciembre 2025

La disputa hegemónica en América Latina: entre el saqueo y la soberanía




Categoria:

Humanismo Mexicano

 

Margarita Esmeralda Serapio Cerqueda

Ganadora del segundo lugar del Primer Concurso Universitario de Ensayo “El Humanismo Mexicano”

 

Muchas gracias. Es un placer para mí estar con ustedes. Gracias al Instituto de Estudios Legislativos del Congreso del Estado de México (INESLE) por esta oportunidad.

Vimos con diversos ponentes cómo surge este pensamiento, a través de Simón Bolívar y José Martí, este grito y este lema de unidad. Por cuestiones de tiempo ya no hablaremos de ello; vamos a enfocarnos en la hegemonía cultural en la clave gramsciana aplicada en América Latina.

En América Latina, la dominación no siempre ha sido evidente mediante la fuerza bruta. Muchas veces ha operado de manera sutil, por medio de la aceptación interna de normas y valores ajenos. Antonio Gramsci nos ofrece un marco conceptual clave: la hegemonía no se sostiene únicamente a través de la coerción, sino por el consenso social, la interiorización de la visión del mundo de quienes detentan el poder.

En nuestro continente esto se ha manifestado durante siglos, primero bajo la colonización europea, y luego bajo una nueva forma de influencia extranjera, especialmente estadounidense. La hegemonía cultural entonces funciona como un hilo invisible que condiciona nuestras ideas, gustos, aspiraciones y hasta la manera en que nos concebimos como pueblo. Esta imposición no solo pasa por el poder económico o político. La biopolítica, tal como la describió Foucault, interviene en la manera en que se regulan cuerpos y conductas: se construyen normas sobre lo aceptable, lo exitoso y lo deseable en la expresión del capitalismo. Ahora lo podemos traducir a lo que es la globalización.

América Latina ha aprendido a interiorizar estas reglas a través de los medios masivos de comunicación como la televisión, el cine, la publicidad, las series y hasta los programas educativos. Desde la supremacía estadounidense, el "sueño americano" se ha presentado como idea global: movilidad social, consumo desmedido, éxito individual. Pero detrás de esta narrativa hay un mensaje implícito: nuestros modos de vida; nuestras raíces indígenas, afrodescendientes y mestizas, y nuestros valores comunitarios se ven obstaculizados e incluso como inferiores. Tener la tez morena, hablar una lengua originaria, mantener tradiciones locales deja de ser un orgullo y se convierte en un signo de atraso ante este imperialismo que vemos. Un ejemplo cotidiano es cómo Hollywood y la propaganda anglosajona han balcanizado América Latina: países pobres, violentos y dependientes, donde la riqueza y el crecimiento siempre parecen venir de afuera. Las plataformas de streaming reproducen clichés que naturalizan la subordinación y refuerzan estereotipos. La hegemonía, en este sentido, no se impone con armas, sino que es un soft power y con historias nos convencen de lo que debemos desear y de lo que debemos pedir.

Hoy la hegemonía la podemos codificar como una hegemonía digital, observando la trascendencia de los algoritmos y la inteligencia artificial. ¿Por qué? Porque vivimos en un mundo globalizado. Esto es un llamado a comprender que la hegemonía que hoy vivimos tenemos que aprenderla, tenemos que saber cómo es para así contrarrestarla.

En paralelo, organismos internacionales promueven agendas globales —desde el desarrollo sostenible hasta estándares de gobernanza— que se presentan como universales. En América Latina nos hemos preguntado, ¿por qué esta agenda? Siempre viene detrás de los países poderosos, del imperialismo. La hegemonía económica la podemos entender después de la Segunda Guerra Mundial, cuando los países vencedores impusieron un orden internacional y un sistema económico-cultural; en ello, América Latina siempre ha sido subordinada.

No obstante, el arte y la literatura han sido espacios de resistencia. Es en este contexto que destacan las corrientes latinoamericanas y el Humanismo Mexicano. Desde el muralismo mexicano hasta la poesía de Roque Dalton o la narrativa de García Márquez, los artistas han contado historias que cuestionan la visión dominante y que muestran un acto de insurgencia cultural; en conjunto, son un recordatorio de que nuestra identidad no puede ser borrada ni subordinada.

Hoy, en un mundo que avanza hacia un orden tripolar con Estados Unidos, China y Rusia, la hegemonía cultural se hace más compleja. Las narrativas que promovemos, los ideales que abrazamos, las políticas que implementamos están atravesadas por esta competencia global. No se trata solo de resistir a Estados Unidos; también implica comprender cómo nuevas formas de poder y conocimiento buscan insertar agendas y valores ajenos a nuestras raíces. 

En ocasiones dentro de las aulas (lo hablo como una estudiante de negocios internacionales) vemos teorías, pensadores europeos o extranjeros y olvidamos esas raíces mexicanas, esos pensadores que nos hablan desde nuestra realidad. Decía Eduardo Galeano en Las venas abiertas de América Latina que hay que mirar desde adentro. Muchas veces esos modelos económicos no funcionan en nuestro país. ¿Y pensamos por qué? Porque no vemos desde adentro, no comprendemos nuestra realidad ni reparamos en el hecho de que somos diferentes y tenemos pluriculturalidad.

Otro punto importante es el desarrollismo en América Latina, que fue la respuesta regional al orden económico mundial, donde surgió el "milagro mexicano" y tuvo también efectos en varias partes de América Latina, por ejemplo, el boom brasileño. Sin embargo, no funcionó. ¿Por qué? La respuesta implica el abordaje de los modelos económicos, no teníamos una economía fuerte ni una industria desarrollada. Fue un momento de crecimiento y desde ahí ha habido un ciclo económico estancado, que va lento comparado con los demás.

En el siglo XX, la Iglesia tuvo un papel ambivalente: mientras algunos sectores legitimaban dictaduras en nombre de la “civilización cristiana”, otros, inspirados en la Teología de la Liberación, hicieron de la fe un camino de resistencia y justicia social. Esa tensión revela que la religión no es solo opresión, sino que también puede ser emancipación. Si la religión moldeó las conciencias y estableció códigos morales, la lengua cumplió la función igualmente estratégica en el proceso de dominación. Así como la Biblia justificó el despojo, el idioma se convirtió en un instrumento para definir ciudadanía, identidad y jerarquías sociales. La lengua, al igual que la religión, fue una herramienta central de dominación en América. 

Durante el periodo colonial se alternaron estrategias: enseñar español o portugués para sustituir las lenguas indígenas o usarlas como medio de evangelización. Pero en la formación de los Estados nacionales del siglo XIX predominó la idea de una lengua única, un símbolo de progreso y unidad. En México, el mestizaje se convirtió en una ideología de Estado; exaltaba la mezcla de identidad nacional mientras marginaban las lenguas originarias. Esta lógica se repitió en toda América Latina, donde se celebró la diversidad en el discurso, pero se impuso el castellano como única lengua legítima. La lengua entonces fue un instrumento político para definir ciudadanía y jerarquías; es decir, hablar español significaba ser "civilizado".

Es muy breve lo que he dicho, pero la hegemonía se ve en muchos ámbitos, por ejemplo, en la cultura y en la educación a través de los modelos que se imparten. Vemos que la educación es fundamental porque no se trata solamente de enseñar, sino que se trata de enseñar al alumno a que sea crítico, dialéctico, y a través de la educación se puede moldear o se puede borrar toda una generación. Hoy la hegemonía la vamos a ver más radiante, a flor de piel, a través de las redes sociales y de los algoritmos, que muchas veces son el medio de control de diversos partidos. Un ejemplo es el caso de Cambridge Analytica, en Estados Unidos, donde hizo que se ganara la presidencia de aquel país. Entonces, tenemos que estar atentos, ya no a un poder de coerción, sino a uno blando, a un soft power

Finalmente, me gustaría resaltar que América Latina ha sufrido saqueos, dictaduras y transiciones internas, pero también ha resistido con creatividad y esperanza. La soberanía no se mendiga, se construye cada día en las aulas, en las calles, en cada decisión sobre qué consumir, qué creer y qué transmitir. Nuestro mayor acto de dignidad será reconocernos, amarnos y levantarnos desde lo que somos. América Latina puede ser por fin América.

Muchas gracias.

 

Margarita Esmeralda Serapio Cerqueda es estudiante de la Licenciatura en Negocios Internacionales, Bilingüe, de la Universidad Autónoma del Estado de México. Correo electrónico: cerquedamargarita20@gmail.com

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